Un MVP no es una versión barata del producto final. Es la versión más pequeña que permite comprobar si alguien lo usa y paga por ello. Todo lo que no ayuda a responder esa pregunta, espera.
Por eso lo primero que hacemos es recortar. No por ahorrar, sino porque cada funcionalidad de más es tiempo antes de lanzar y dinero antes de saber si la idea funciona. El recorte se decide contigo, por escrito, antes de empezar.
Lo que no recortamos es la calidad de lo que sí se construye: seguridad, datos bien diseñados y código que se pueda seguir desarrollando. Ahí es donde se separan un prototipo hecho con prisas y un MVP bien hecho — y donde se decide si dentro de un año creces o reescribes.